miércoles, 6 de septiembre de 2017

Hacía mucho que no escribía para mí. Me paso el día haciendo cosas para mi, por mi egoísmo y vagancia, pero no escribir, eso nunca. Seguramente no lo haga porque en las palabras escritas siempre plasmamos algo de la realidad que nos rodea, una que llevo años intentando eludir. He aprendido que escribir no es la solución para nada, que decirme que puedo solo sirve las dos primeras horas que lo digo. Y es que llevo tanto tiempo que solo voy a peor, que ha dejado de tener sentido intentarlo. El cambio debería ser tan radical que es imposible, y la acomodación para el cambio no llevaría a ningún lugar porque se tardaría demasiado. ¿Qué es lo que me queda? Me quedo yo, que le jodan a volver a ser ese Carlos guapo y brillante, ese se fue, pero puedo volver a ser algo grande.


No es la primera vez que digo todo esto, si es la primera vez que siento que mis actos me pertenecen. No sé cuanto de eso es bueno, pero es que ahora alcanzo a comprender, que todo lo que tengo ahora, no tiene nada que ver con lo de antes. Tengo nuevos problemas que no son solo la obesidad y no saber tratarla. Está el miedo social, la carrera se cierne sobre mi y tengo ansiedad. Toda mi vida es nueva y solo me enfocaba en un problema. 


Es flipante como he cambiado, ¿pero qué sentido tiene mirar tanto atrás? Mis recuerdos están patrocinados por filtros de Instagram, lo veo mejor de lo que fue. El pasado es mi peor bache, es mi cadena. A todos los que habéis leído esto, lo siento. Acabáis de perder unos minutos de vuestras vidas en leer algo que no va a serviros para nada. Pero yo necesitaba escribirlo. 

viernes, 21 de abril de 2017

Poesía desnuda

Siento en mi cuerpo mi propia desnudez. Mi piel es el mayor de los templos, es único, cuidado, maravilloso, sagrado. Aun así, cada centímetro de mí, está inquieto.  El peor juicio, siempre es el de una misma. Mi inquietud no viene por el rechazo a mi cuerpo, eso ya lo superé, viene al miedo. Sé que debo tener una actitud positiva, saber mirarme, saber mimarme. Hace apenas unos meses que tomé la decisión. Tenía que tomar un rumbo mi vida, cogí el camino que consideraba mejor, sin pensar en si era capaz.

Como demasiada gente, sufrí la adolescencia. Definámosla como el paso necesario entre “o empiezo a depilarme, o no podré ir a la piscina” al “si te molesta que tenga pelo, tú y yo no vamos a llevarnos bien”. Todo nace con la chispa del inconformismo, de la rebeldía adolescente aprendemos a cuestionarnos los valores de esta sociedad. Así empecé.

La altura, la edad y el odio fueron creciendo de forma directamente proporcional. Los ejemplos siempre son más claros, primero fue “no puedes jugar al fútbol, eres chica”; luego “por mucho que practiques con un plátano, nunca se lo harás a nadie”; y terminando, no mucho después, en situaciones donde las palabras se pierden en ojos inhumanos, que solo ven, en vez de compañeras, objetos de deseo. ¿Hay algo más repugnante que dejar de ser considerada persona?

Mi templo no es eterno, es fugaz, pero no tendrá que ser remodelado, pues lo cuido como se merece. Mi camino es hacer del mundo un lugar mejor, haciéndome a mí un ejemplo de lo que debe ser. Existe otro tipo de arte dentro de él, un arte simbólico, expresivo y vanguardista. Una de las obras, una de las más difíciles de interpretar, expresa la felicidad en su estado más puro, su fórmula química. La felicidad es un constructo, uno necesario para poder entender nuestra mentalidad.

Existe gente que disfruta viendo como un hombre pone a límite la capacidad de su cuerpo luchando con un animal, otros vemos como agoniza ese toro mientras los demás vitorean. Algo se torció en mi hace tiempo, o quizás se torciese en la sociedad mucho antes. Para mí solo existe un tipo de respuesta, la acción. Y actúo para conseguir mi libertad también.

Todo el mundo puede ver un templo, incluso la mayoría podrá ver el mío, pues no recelo. “¿Por qué exhibes tu cuerpo?” “¿Por qué te haces fotos desnuda?” “Solo lo haces para excitar”. La respuesta es sencilla, si mi cuerpo es mi templo, y en él hay arte, ¿por qué no iba a mostrar y compartir ese arte? Si tú en ello ves excitación, es cosa tuya. Si tú crees que busco calentarte, debes saber que mi piel es fría, igual que la piedra que cimienta. Si crees que te estoy dando permiso para algo olvídalo, la fotografía de un paisaje único no habla de sexo.

¿Cuál fue ese sendero que tomé? Elegí que quería seguir un movimiento social, un dogma, formar parte de una minoría que lucha. Donde llevo una vida de lucha contra todo aquello que considero injusto de la sociedad, con unas ideas políticas formadas pero contrarias a todo lo que me rodea. Denuncio la opresión, lucha a pesar de que lo que me consideres, pues por cada insulto e insinuación que recibo por tonterías como una foto, veo más claro y necesario lo que hago. 

Para Nadia.

viernes, 7 de abril de 2017

Una brecha generacional

Hoy quiero ponerme un poco más personal. Voy a contaros mi vida. Para ser más precisos relatar cómo he llegado hasta aquí. Yo pertenezco, como muchos, a esa generación perdida entre lo que denominan Generación Y y Generación Z. Todos los de mediados de los 90 somos los que se dice una ‘brecha generacional’. Vivimos en esa época que no vieron el comienzo de Internet, pero tampoco vivió con la facilidad de tener acceso a él. No vivimos Bola de Dragón en sus inicios, si no que vimos como entraban los primeros animes como Fullmetal, Naruto o Death Note. Empecemos por donde debe ser, por la más temprana infancia. Al comienzo os voy a hablar de mi punto de vista, porque los primeros años no todos lo recordamos igual, a medida que crecemos y nos juntamos con gente de nuestra edad me iré dando el permiso de generalizar. Suelo decir que nací con un tebeo bajo el brazo, uno de los primeros recuerdos, todavía sin saber leer correctamente, es tirarme en la cama con los Astérix y Mortadelo y Filemon junto a mi hermano. Igual que todos mis compañeros, veía series cómo Marsupilami, Supernenas, Thornberrys, Sabrina u Oliver y Benji. Eran buenos tiempos, veíamos a bebés con destornilladores y brujas adolescentes bailar con una joven Britney Spears. De una Spears a otra, las mañanas sin Zoey 101 no eran mañanas. Y como esta se podía decir lo mismo de Lizzie McGuire, Drake y Josh, Malcolm in the middle y Embrujadas. Pero, sobre todo, somos la generación Digimon y Pokemon. Jugaba con los circuitos de Hot Wheels que montaba por la casa, haciendo que mi cuarto fuera una trampa mortal al entrar. Esa etapa de la inocente infancia todavía está teñida del color cálido de recuerdos, un color que podríamos comparar con el de las versiones originales de Tarzán y El rey León, ese color de todo lo antiguo y feliz.

Fuimos creciendo, poco a poco dejábamos de idolatrar a los padres y empezamos a preocuparnos más por nuestras amistades (esto ocurrió, a pesar de que siempre nos venga el recuerdo de que la familia nos limitaba). Empezamos a imitar a toda la gente que teníamos cercanas, nos creíamos mayores de lo que éramos. Muchos cogíamos un skate, escuchábamos Blink-182, Green Day y Avril Lavigne y éramos súper geniales. Empezamos a leer cosas distintas, cosas gamberras, como Capitán Calzoncillos o las Witch. Poco a poco, ese fenómeno juvenil fue convirtiéndose en otras cosas, pasamos de ser “punkiguays” (término pendiente de patente por la familia Gullón) y sk8er boi, a creernos chicos malos; o emos, emulando a Gerard Way, donde Welcome to the black parade era un estandarte. Empezábamos a introducirnos a lo que creíamos que era el rock a manos de Paramore, Muse y Linkin Park. Grupos que formaban la banda sonora de Crepúsculo, porque no podemos olvidar esa época adolescente de los vampiros brillantes. No quiero saber cuántos de los de esta generación fantaseamos con Hayley Williams de Paramore o con Robert Pattinson y Zac Efron. ¡Cómo se me ha podido olvidar! Somos la generación High School Musical, no lo neguéis. Esa es otra, la literatura juvenil es uno de los grandes influyentes que teníamos, no sé qué habríamos hecho sin Donde surgen las sombras, Harry Potter, Éragon y Memorias de Idhún (o todo Laura Gallego, vaya). Pero tomemos un poco de medicina alternativa, el dibujo japonés empezó a tomar fuerza en nuestra vida, desde series francesas y americanas con dibujo japonés (Teen Titans y Código Lyoko) como muchos de los animes. Volvámonos nostálgicos recordando: venga vámonos ya, esto va a comenzar; peonzas de beyblade; canciones de Pichi Pichi Pitch; adorables hamsters; o los mamodos de Zatch Bell. ¿Y quién no se ha tirado horas frente a una pantalla yendo de cuento en cuento? ¡Videojuegos! todos hemos intentado dar vueltas como un Bandicoot; suplir a la mascota que nuestros padres no nos dejaron tener; creyéndonos soldados en una guerra espacial; o llorado en las tierras sombrías de Zanarkand. Pero la televisión nos aportó mucho más de lo que creíamos, desde anuncios que nos tuvieron cantando ‘a tomar Fanta te irás’ hasta la gigante de los dibujos. Ya sea en serie de actores como Hannah Montana y ‘Hotel, dulce hotel’; como en serie de dibujos con Kim Possible y American Dragon, Disney nos marcó. Pero, sin olvidar a otras series de dibujos no-Disney, que sin duda son icono de nuestra generación: Supernenas, las Winx y Ed, Edd y Eddy. Somos una generación que creció a la vez que Sora y Anakin. Somos la generación de band camp y de Camp Rock. Somos La generación que entró a la universidad junto con Mike Wazowski y Andy. Somos la generación que se creyó espías en Spy Kidz y la generación de habitantes de la Tierra Media.

En definitiva, somos aquella generación que vivió con la influencia del Tío Sam y de su contrapartida en Oriente. Somos la generación, ni muy joven ni muy mayor, que sufre el paro juvenil, pero se alarga la edad de jubilación. Somos la generación del zapatazo de Bush. Somos la generación de los superhéroes. Somos la primera generación de las películas de Marvel. Somos la generación del Joker de Ledger. Somos la generación inconclusa.

P.D: Gracias a PAda y a Diana por ayudarme con las referencias.

Hacía mucho que no escribía para mí. Me paso el día haciendo cosas para mi, por mi egoísmo y vagancia, pero no escribir, eso nunca. Seguram...